La mediación aseguradora vive un momento decisivo, aunque no exactamente por las razones que a veces se repiten con demasiado entusiasmo y poca digestión. No es la tecnología, por sí sola, la que va a decidir nada. Tampoco bastará con invocar la inteligencia artificial en dos presentaciones y tres titulares para dar por modernizado un modelo de negocio.
La cuestión se centra en algo bastante menos vistoso y bastante más exigente: cómo convertir tecnología, dato y talento en productividad real, mejor servicio y más valor para el cliente.
Ese es el terreno en el que se va a jugar una parte relevante del futuro de la mediación. Lo demás, en muchos casos, es acompañamiento escénico.
Más necesidad de asesoramiento, pero también menos margen para la ineficiencia
Llevamos años hablando de digitalización como si aún fuera un destino al que llegar. Ya no lo es. Es el contexto. El cliente vive conectado, compara más, decide de otra manera, se informa antes y exige respuestas más rápidas, más claras y, sobre todo, más útiles.
Eso no reduce el valor del corredor. Lo aumenta.
Cuanto más complejo es el entorno, más importancia tiene la interpretación profesional, el criterio y la capacidad de acompañar al cliente en decisiones que no siempre son simples. Pero conviene no quedarse en esa parte amable del análisis. Ese mayor valor del asesoramiento convive con una realidad bastante menos cómoda: presión sobre los ingresos, mayor exigencia tecnológica y una carga operativa que sigue drenando demasiados recursos de muchas corredurías.
Dicho de otra forma: no basta con tener razón en el discurso sobre el valor del mediador. Hemos de ser capaces de sostener ese valor con estructura, eficiencia y capacidad operativa.
Porque, a estas alturas, seguir defendiendo la cercanía mientras la organización interna continúa atrapada en tareas manuales y procesos ineficientes empieza a ser una forma poco sofisticada de contradicción.
La IA no va de parecer avanzados, sino de trabajar mejor
La inteligencia artificial ha entrado en la conversación sectorial con una velocidad notable. Y eso era previsible. Lo que ahora conviene distinguir es otra cosa: una cosa es incorporar herramientas de forma puntual y otra muy distinta integrarlas en procesos de negocio con impacto real.
No es lo mismo probar que transformar. Y el mercado, antes o después, siempre acaba distinguiendo entre ambas cosas.
La utilidad de la IA no está en impresionar a nadie. Está en reducir carga administrativa, automatizar tareas repetitivas, mejorar el tratamiento de la información, ayudar a segmentar mejor la cartera y acortar tiempos de respuesta al cliente. Ahí sí aparece una ventaja tangible. Ahí sí hay productividad, mejor servicio y una propuesta de valor más sólida.
Fuera de ese perímetro, el riesgo es conocido: mucha conversación, bastante escaparate y una rentabilidad más bien discreta.
Conviene asumirlo con naturalidad. La tecnología no aporta valor por acumulación ni por estética. Aporta valor cuando resuelve problemas reales del negocio.
Sin buen dato, la supuesta inteligencia se queda en literatura
Hay una condición previa que el sector no debería subestimar: el dato.
Sin buen dato no hay automatización fiable. Sin información ordenada, estructurada y conectada, no hay IA que aporte valor sostenido. Sin convertir el dato en conocimiento accionable, la promesa tecnológica se queda en una versión sofisticada del voluntarismo.
La cuestión no es disponer de muchos datos. La cuestión es disponer de datos útiles. Datos que permitan decidir mejor, anticipar necesidades, segmentar con criterio, automatizar con seguridad y operar con mayor precisión.
Ahí va a estar una de las claves competitivas más relevantes para la mediación en los próximos años.
Y junto a ello aparece un asunto que a veces se menciona deprisa, quizá porque obliga a ponerse serio: la seguridad. No basta con hablar de inteligencia artificial; conviene preguntarse quién trata los datos, con qué garantías, bajo qué condiciones y con qué nivel de control efectivo. Entregar información sensible a proveedores o entornos poco claros no es innovación. Es otra cosa, y no precisamente recomendable.
El relevo generacional no es un asunto secundario
Hay, además, una cuestión de fondo que el sector no puede seguir tratando como un tema lateral: el relevo generacional.
No es un complemento del debate. Es parte central del mismo. Porque el mediador que viene ha de reunir capacidades que antes aparecían más separadas: conocimiento técnico del seguro, competencia relacional para generar confianza y criterio tecnológico para trabajar con más eficacia.
No bastará con ser bueno comercialmente. Tampoco bastará con manejar herramientas. Habrá que combinar ambas dimensiones con pensamiento crítico, capacidad de aprendizaje y visión empresarial.
Y aquí conviene hacer una observación que no debería pasar desapercibida. Si en los entornos más expuestos a la automatización los profesionales jóvenes empiezan a encontrar más dificultades para consolidar aprendizaje y recorrido, el problema no se resuelve celebrando la tecnología con más intensidad. Se resuelve acompañando mejor el desarrollo del talento.
El sector necesita atraer talento joven, sí. Pero también formarlo, integrarlo y hacerlo crecer. Aproximarse más a la universidad y a la formación profesional. Construir entornos donde la tecnología aumente capacidades, no donde las sustituya antes de haber madurado.
Porque vaciar de aprendizaje los primeros años de desarrollo profesional puede parecer eficiente en una hoja de cálculo, pero no suele ser una estrategia especialmente brillante cuando lo que está en juego es el futuro del conocimiento sectorial.
Un modelo híbrido, con la confianza donde siempre ha estado
Llevo tiempo defendiendo que el mercado camina hacia un modelo híbrido. No será solo digital ni solo presencial. Será de quienes sepan combinar proximidad, conocimiento, eficiencia y tecnología en una propuesta de valor coherente.
Y conviene subrayar la palabra coherente.
Porque no se trata de parecer modernos. Se trata de ser mejores. Más eficaces, más consistentes, más útiles para el cliente y más solventes como empresas. Todo lo demás puede ayudar, pero no sustituye esa base.
En seguros, no deberíamos olvidarlo, todo empieza y termina en la confianza. Por eso, el futuro de la mediación no se decidirá entre tecnología o personas, como a veces se plantea con una simplificación casi cómoda. Se decidirá entre quienes sean capaces de integrar ambas cosas con criterio y quienes sigan confundiendo transformación con conversación.
El verdadero pasaporte para el futuro de la mediación será aportar valor desde la confianza.
Categorías: seguros tecnologia
Higinio Iglesias
Corredor de seguros y otras aficiones
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